
Lo que descubrió se parecía a lo que esperaba, pero también era distinto de lo que esperaba. Era un soldado, sí, pero no era un soldado como él. No se trataba sólo de la indumentaria, en la que no vio nada compartido: estaba seguro de que aquel hombre no era un hombre de su misma clase de mundo. Podía compararlo a un extranjero no sólo distinto en rasgos físicos, sino también en la forma de hacer con esos rasgos. Sin tener una conciencia nítida de cómo era él mismo -apenas unos caracteres del tipo piel blanca, vello más bien oscuro, complexión ligeramente asténica-, decidió que el otro era un extranjero y que el país del que venía estaba del suyo a la máxima distancia posible.
El rostro se compuso antes que lo demás. Era el de un hombre bastante joven, no más de veinticinco años, con pelo rubio y muy corto. La cara tenía una regularidad adolescente, sin los datos que deja el paso del tiempo. Y era también la regularidad de una cara dibujada para ser perfecta y perfecta en el sentido más convencional. Del tipo que puede gustar a muchos en un primer vistazo y que evita exámenes gracias a un equilibrio votado por la mayoría. Una cara de muchacho atractivo y sin expresión al que le basta cómo es y que no se mira en los espejos donde los demás entrenan sus posibilidades. No se miraba en espejos, no tenía nada que comprobar o defender todos los días, tal vez porque con las miradas aprobatorias de los otros le bastaba. Le pareció curioso que, precisamente por eso, si aquel rostro se proponía una amenaza, esa amenaza tuviera algo de inevitable, de convicción con la que no se podía discutir. Y el temor a ella, fuera un temor multiplicado por el mismo proyecto implacable que había modelado la perfección de los rasgos. Finalmente, una especie de fanática serenidad consigo mismo construida a base de algún código de honor o de valor acostumbrado a no fallar en momentos decisivos.
