
Quizá no fuera a morir, quizá lo que el extraño quería era simplemente llevarlo con él. Eso no cambiaba las cosas, porque sabía, por la violencia de la carrera y por los uniformes distintos, que tenía que resistir hasta el final: esa violencia decía que el extraño no podía convencerle con palabras y esa violencia estaba vestida de otra manera y, por tanto, la diferencia de vestido era también, al final, violencia.
El agua llegó hasta el pecho del enemigo y, aun así, pudo sentir la potencia de los músculos arrastrando la profundidad del agua. Enseguida, las piernas emergieron igual que si estuvieran subiendo peldaños en el interior de la corriente, con los muslos pegados al pantalón oscuro. Y, casi en el mismo momento, estuvieron pateando la superficie del río como si se hubieran elevado sobre él, muy cerca ya de la orilla, en la misma orilla.
Vio abalanzarse al extraño con la sensación de que alguien le había empujado por detrás y lo había levantado por encima del suelo. Cayó tan cerca, que tuvo la impresión de que los cuerpos compartían en muchos lados el mismo espacio. Pero ahí el extraño se quedó completamente detenido, con los brazos colgando y una mirada repentina de curiosidad, pero de curiosidad distante con la que se reconoce un objeto problemático y perfectamente inocuo en apariencia. Sintió en la piel el recorrido de dos bolas azules, pequeñas en comparación con las otras proporciones del rostro lavado de expresión, que señalaban la dirección del escalofrío.
