
Una curiosidad que tenía que ver con cosas, no con alguien y mucho menos con alguien que pueda reaccionar. Los ojos del extraño le daban vuelta como si estuvieran buscando una etiqueta de envío o algo parecido.
– ¿Qué quiere? -le salió una voz aguda que no era la suya y que, de haber dicho más, se habría roto en algún sitio.
El otro había bajado la vista hacia un punto de sus pies y no la levantó. Luego, fue subiendo hasta la cara del que esperaba una contestación y se quedó en ella con un gesto que estaba entre la repugnancia y la sorpresa.
– Dígame qué quiere -tuvo la sensación de que cada sonido bailaba en su boca como una burbuja y que explotaba antes de salir.
El extraño no era más alto, pero su envergadura era el doble. Olía a arena mojada. Su aliento, en cambio, no olía a nada, a pesar de tener la boca y la nariz encima de su boca y de su nariz. Ahora la cara no le pareció tan perfecta, aunque fuera aquella perfección inexpresiva y tópica con el pelo rapado. Se le había deformado en una especie de perplejidad embrutecida, con la boca abierta y los ojos empequeñecidos como los de un miope que hace esfuerzos. Viene a cumplir una orden, no es alguien con quien pueda hablar, pensó.
– Dígame qué quiere…, por favor -dijo a pesar de todo y supo que lo dijo a cambio de no echar a correr.
Entonces sintió la mano que le cogió de la manga, no del brazo, de la manga.
– ¿Qué está haciendo? ¿Qué hace? -chilló de pronto, como si hubiera estado esperando chillar desde hacía mucho y sintiera la completa liberación de hacerlo.
La mano dio un tirón y el cuerpo cazado sintió la sacudida. Las piernas se movieron un paso en el aire para hincarse después de rodillas. El extraño pegó media vuelta de una forma casi marcial y el que estaba arrodillado se fue a tierra de golpe. Mientras le arrastraban, gritó y pataleó como si no tuviera otra fuerza en el cuerpo que la de la garganta y los pies. Iba tragando arena y cada alarido y cada coz era también un esfuerzo por escupirla. Ya estaban en la orilla.
