Doña María sí que lo pensó, para su capote, sorprendida de que don Eduardo, que odiaba toda alteración de la rutina (y por supuesto los huéspedes), no se manifestara intranquilo o incómodo. Tío Eduardo, de hecho, parecía encantado con Ignacio. Pasaban muchas horas juntos charlando, embebidos, según parece, en el pasado fantasmal que tío Eduardo había ido construyendo durante toda una vida. Y tío Eduardo contaba, con vivacidad, rara en él, de Londres y de su juventud sosísima, intercalando las pocas frases de inglés que recordaba (aunque tío Eduardo tenía fama de hablar inglés como un inglés, la verdad es que apenas recordaba más de media docena de frases en esa lengua). Tío Eduardo había con los años llegado a perfeccionar el intercalado hasta tal punto que daba la impresión de que hubiera podido conversar indefinidamente.

Siempre durante los veranos convidaba tío Eduardo un poco más, quizá porque el buen tiempo y el té en la terraza le animaban a soportar algo más de compañía. Pero aquel verano pareció de pronto que todo el mundo a riesgo incluso de un mal rato, porque tío Eduardo sabía mostrarse frío y desagradable cuando alguien se presentaba al té sin haber sido invitado, se congregaba en la casa. Fue aquel un verano vastísimo y, por decirlo así, completo, subsistente, como una frase acertada. Yo tenía catorce años entonces y recuerdo qué hubo ese verano como se recuerda el puro haber habido de algo o de alguien cuyos detalles concretos se han modificado u olvidado por completo. Lo mismo que recuerdo cosas que Ignacio hacía, aunque no recuerdo en absoluto a Ignacio. Recuerdo que la hierba era húmeda, soleada y verde. Tío Eduardo parecía complacido, muy elegante y frágil en sus trajes de franela clara. Uno tenía la impresión de que aquel jardín y la casa blanca de largas estancias vacías eran cosas de Ignacio desde siempre. Para el resto de la familia Ignacio pasó de ser entretenimiento a ser enigma sin casi transición.



12 из 84