Tío Eduardo cambiaba de casa los veranos, no de ciudad ni de costumbres. La casa del verano era una casa blanca con un jardín enorme, triangular, y una huerta de verduras y maíces en la esquina de abajo. Por encima de las tapias del jardín, y desde todas las habitaciones de delante, se veía el mar. Tío Eduardo pasaba en la terraza las mañanas viendo pasar los barcos y perderse, horizonte adentro, como huyendo de sus prismáticos. Los días del ventarrón de izquierdas llegaba hasta el jardín el mar verdeante y rabioso, en retumbos alcohólicos, montado a pelo por el viento que arrastraba consigo, desunidas, las gaviotas y las desfiguradas nubes.

Un día, a principios del verano -recuerdo que fue unos pocos días antes de la Ferias porque habíamos ido a ver armarse el Circo Price y los tenderetes del tiro al blanco-, llegó a la casa del verano un sobrino de tío Eduardo, Ignacio. Se presentó sin avisar a la hora del té. Si hacía bueno, solía ser el té en la terraza de la sala, cara al mar resplandeciente e inmóvil como una desmesurada pupila. Ignacio entró jardín adelante en su moto y se paró justo enfrente de ellos, saludando al quitarse el casco con el tono de voz y el ademán de quien saluda a un grupo de gente que ha estado esperándole. Aquella tarde estaban sólo Mati Orrueta, que era una devota lejana y mística de tío Eduardo; doña María y tío Eduardo. Se tardó un rato en identificarle -fue como desenmarañar un laberinto de apellidos, matrimonios y rostros y fue como si esa maraña fuera el bosque encantado que queda al fondo de un retrato o quizá sólo el bosque de un tapiz que se ve al fondo de un retrato-. En cualquier caso, siempre he pensado que Ignacio había contado desde un principio con ese momento de desconcierto inicial. Luego los tres descubrieron a la vez quién era. Ignacio pasó esa noche en la casa y una semana entera sin que hubiera lugar a preguntarle qué pensaba hacer o cuánto tiempo pensaba aún quedarse.



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