Miden el tiempo y, a la vez, permanecen fuera del tiempo. El tiempo de tío Eduardo era un tiempo de pérdida y destiempo que no se veía ir o venir -como el tiempo de la niñez- y que producía, por consiguiente, la impresión de que no iba ni venía, como las lagunas. Todo lo que sucede en casa de tío Eduardo -lo poco que sucede- sucedía por triplicado o cuadruplicado y siempre de tal modo que la grave transitoriedad de los sucesos se ablandaba y neutralizaba, ablandando y neutralizando, de paso, la entereza del mundo. Una de las cosas que tío Eduardo neutralizó y ablandó fue la muerte de tía Adela.

La muerte es limpia y firme, definitiva y clara. Pura incluso cuando es brutal y anómala, simple incluso cuando es tortuosa y compleja. A salvo de las acciones que conducen a ella, a salvo de los asesinos y las víctimas, a salvo de doblez porque no tiene vuelta de hoja y porque no hay Dios detrás, o cosa alguna, que nos aguarde o ampare o confunda. A salvo del contagio del hombre. Alta, inimaginable, privada, intransferible y recta. Así es incluso la muerte de los perros y los pájaros. Incluso la muerte de los peces es así, incluso la muerte de las moscas. Y así fue, por derecho propio, la muerte de tía Adela. Aprender a morir es aprender a hacerse a la grandeza abstracta de la muerte. Tío Eduardo, contra todo lo previsible, agobiado quizá por un erróneo afán de reparación, hizo de la difunta esposa un culto. Y la memoria puso ante tío Eduardo uno de sus objetos, un Adela-objeto que tenía con Adela el parecido cultural que tienen entre sí objetos heterogéneos unificados en metáforas. Era Adela-objeto lo que tío Eduardo recordaba y no su esposa, en parte porque acordarse de un objeto real es imposible, y en parte porque si hubiera sido en realidad posible quizá tío Eduardo no hubiera deseado recordarse.

Era esta criatura vicaria más dócil si cabe aún que la primera (pero con la docilidad de lo pensado, no la de lo real), quien hacía las veces de la difunta esposa, quien se mencionaba todos los días a la hora del té y quien fue haciéndose, con los años, a los gustos de tío Eduardo, a su horror a los ruidos, a los perros, a la compota de manzana y a la falta de puntualidad.



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