
Doña María era la única cosa real que tío Eduardo tenía en casa. La única cosa, al menos, que no encaja del todo en la circularidad de su vida y que (como no se lo hubieran permitido nunca los familiares, los criados o los amigos) se permitía a veces cuestionar la vida de tío Eduardo.
«¡Eso son manías, don Eduardo!», decía doña María cada vez que a tío Eduardo le entraban las aprensiones de cáncer de la médula espinal. «¡Que nos enterrará usted a todos!» A tío Eduardo se le contagiaban las dolencias de palabra. Una epidemia contada de la gripe le metía en cama quince días e incluso enfermedades improbables a su edad se le volvían achaques. Un relato de parálisis infantiles le tuvo cojeando de la pierna izquierda un mes. Y todos los matices del reúma de doña Carolina Herrera se reflejaban, como un eco, en malestares sordos y punzadas continuas de la osamenta de tío Eduardo. «Y que siempre es lo mismo -pensaba doña María-, le enferman las palabras, los cuentos que le cuentan, como a un niño.» Habían tardado muchos años en hacerse el uno al otro. Al principio doña María se había limitado a desempeñar de un modo impersonal y eficiente sus funciones de ama de llaves. Cuando estaba tío Eduardo solo, hacía sus comidas con él, y se retiraba discretamente a su habitación cuando había invitados.
