
Doña María tenía a sus sesenta y ocho el mismo aspecto que debió tener a los cuarenta, grande, encorsetada, solemne y juiciosa, manteniendo hábilmente el orden del servicio, unidad e identidad en la diversidad más o menos incesante de doncellas caedizas y chóferes tarambanas que pasaron por la casa de tío Eduardo. Envuelta ella misma, a pesar suyo, en el hechizo soso de la repetición y el hábito que envolvía y protegía aquella casa.
Se interesaba tío Eduardo desde lejos en las historias amatorias del servicio. Y siempre las había a montones, impregnadas -que musitó el propio tío Eduardo en una ocasión memorable por partes iguales- de un zumo bravío y de un olor a pies. Lo extraordinario de la frase disimuló la extraña mezcla de fascinación y temor que los amoríos sin domesticar de las domésticas le producían. Doña María al principio mencionaba estas cosas cuando no había más remedio (había que preparar a tío Eduardo antes de dejar que una figura nueva rondara por la casa), con una cierta severidad guasona; pero con los años, en parte por tener algo que contar y en parte por ver la cara que ponía don Eduardo, cogió doña María el hábito de transmitir reportajes abreviados después del almuerzo, en el rato antes del paseo. «El chico que sale con Jesusa -refería doña María, por ejemplo- me parece a mí que no está por la labor y que la trae a mal traer a esta pobre tonta, que siempre pica en todo sinvergüenza un poco guapo que le dice qué buenos ojos tienes. Y claro, luego pasa lo que pasa.» Doña María observó que don Eduardo no olvidaba jamás estas historias y que solía preguntar de cuando en cuando: «¿Qué pasó con el novio de Jesusa, doña María, aquel chico que no era de fiar?»
