En aquella ciudad había dos vientos, uno de derechas y otro de izquierdas. Y la ciudad permanecía entre los dos, dudosa, alumbrada y trompa gracias a los dos, entretenida de ambos. Uno era el viento meón de las lloviznas y los curas que enfermaba los cocidos de alubias de todas las cocinas de las vegas. El otro era el grande, el viento incorruptible, verde y viejo, incendiario y alcohólico que soplaba en las rajas de los culos y sacaba a la calle el mal olor de los retretes. Desde las ventanas de todos los estudios del colegio se le vía martirizar los plátanos gigantes, odiar las aguas dulces, y los patos, y los sombreros, y los libros de Misa, y las hojas de todas las estaciones. Era un viento herético que causaba raros destrozos sin propósito en la cristalografía de los miradores del puerto. Híspido, áspero, flagrante, que barría los barrios y puntales con escobas de maleza seca. Recuerdo que las agujas y toda otra criatura metálica se regocijaba esos días al oír aquel viento seco y bravo bramando sin ton ni son en las hombreras, decapitando los sombreros. Brillaban los alfileres que todavía mortifican las dulcísimas yemas de los dedos de las segundas doncellas. Tío Eduardo odiaba ese viento de todo corazón y se metía en cama cuando soplaba, con catarro y vahos de eucalipto, aquejado de un complejísimo dolor de cabeza que demandaba no ver ni oír a nadie, ni que se abrieran o cerraran puertas, se corrieran cortinas, se sirviera pescado o cambiara de lugar limpiando -ni una milésima de milímetro- los infinitos objetos del despacho. Tenía que estarse al tanto el chófer en la cocina, con la gorra puesta, por si había que ir a la farmacia. Y se almorzaban caldos muy livianos, pollo hervido y patatas sin sal. Cuando amainaba el viento asomaba tío Eduardo mejorado, con ojeras de mujer fatal y un tintineo de la cabeza calva que quería decir «frágil».



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