«Con todo, no es hermosa -se dijo por centésima vez-, al menos, en el sentido clásico de la belleza.» Sin embargo, admitía que sus ojos apenas rasgados, su nariz respingona y su boca risueña tenían encanto y vivacidad. Últimamente sentía un ansia creciente por saborear aquella boca.

Ahogó una maldición. Era muy similar a lo que había escrito Plutarco acerca de Cleopatra. Aunque la belleza de aquella reina no era notable, su presencia resultaba irresistible y embrujadora.

No cabía duda de que estaba loco al pensar en casarse con Augusta. Se había dispuesto a buscar una mujer absolutamente diferente: serena, seria y refinada, una buena madre para Meredith, hija única del conde, y libre de cualquier viso de murmuración.

Las mujeres de los Graystone habían acarreado el desastre a la familia, el escándalo para el título, y habían dejado un legado de infelicidad de generación a generación. Harry se negaba a casarse con una mujer que continuara esa amarga tradición. La próxima Graystone tenía que estar por encima de cualquier reproche y de cualquier sospecha: «Como la esposa de César».

El conde estaba empeñado en la búsqueda de lo que los hombres inteligentes consideraban una joya más preciada que los rubíes: una esposa virtuosa. En cambio, había hallado una muchacha temeraria, cabeza dura y en extremo explosiva llamada Augusta, capaz de transformar la vida de Harry en un infierno.

Comprendió que, por desgracia, había perdido todo interés por cualquiera otra de las candidatas.

CAPITULO II

Tres días después del regreso a Londres, Augusta se presentó ante la puerta de la imponente casa de lady Arbuthnot. Llevaba el diario de Rosalind Morrissey en el bolso y estaba impaciente por contarle a su amiga que todo había salido bien.

– No nos quedaremos mucho rato, Betsy -le dijo a su joven doncella mientras subían la escalera-, tenemos que volver pronto a casa y ayudar a Claudia a prepararse para pasar la velada en casa de los Burnett. Es un acontecimiento muy importante. Asistirán los solteros más codiciados de la ciudad y quiero que esté radiante.



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