
De este modo llegó a entablar una amistad personal con sir Thomas con el fin de acercarse a su futura esposa, aunque ella desconocía el motivo de la relación. En realidad, eran pocas las personas que conocían las sutiles conspiraciones de Harry, antes de revelarlas él mismo.
De sus conversaciones con sir Thomas y con lady Arbuthnot, Harry se enteró de que, si bien Augusta era voluntariosa e inquieta, brindaba por otro lado una lealtad inquebrantable a su familia y a los amigos. Hacía harto tiempo que Harry había aprendido que la lealtad era una virtud inapreciable. Más aún, en su mente, lealtad y virtud eran sinónimos. Incluso se podía pasar por alto una escapada como la de esa noche sabiendo que podría confiarse en la joven aunque, una vez casados, él no pensaba permitir que continuara esa suerte de tonterías.
En el transcurso de las últimas semanas, Harry llegó a la conclusión de que, si bien imaginaba que en ocasiones se arrepentiría, de igual forma se casaría con Augusta. En el aspecto intelectual le resultaba irresistible: jamás lo aburriría. Además de su capacidad de lealtad absoluta, Augusta era fascinante e impredecible. A Harry siempre lo habían atraído los enigmas, y no podía ignorar a la muchacha en ese sentido.
Y como sello fatal de su destino, había un hecho innegable que lo atraía hacia Augusta. Cada vez que se acercaba a ella, todo su cuerpo se tensaba de expectativas. En Augusta vibraba una energía femenina que capturaba los sentidos del conde. Cuando estaba solo por las noches, la imagen de la muchacha comenzaba a hechizarlo. Cuando estaba con ella, se sorprendía recorriendo con la mirada la curva de los pechos, demasiado expuestos por los escandalosos escotes que usaba con gracia natural. La cintura breve y la suave redondez de las caderas lo tentaban y seducían cuando la observaba moverse con aquel sutil balanceo que le provocaba la contracción de los músculos de la parte inferior del cuerpo.
