Arrodillada tras el macizo escritorio de roble, contempló horrorizada la vela, que constituía la única fuente de luz. La llamita volvió a titilar al cerrarse con suavidad la puerta. Con creciente pavor, Augusta espió por encima del escritorio y recorrió con la mirada la habitación a oscuras.

El hombre que acababa de entrar permaneció quieto en la densa sombra, cerca de la puerta. Era alto y llevaba una bata negra. En la penumbra, la muchacha no podía verle el rostro, pero aun así contuvo el aliento, sintiéndose más viva que nunca.

Sólo un hombre ejercía semejante efecto sobre ella. No necesitó verlo con claridad para adivinar quién se cernía como un animal de presa allí, en la sombra. Estaba casi segura de que se trataba de Graystone.

Sin embargo, el hombre no recurrió a la alarma, cosa que alivió sobremanera a Augusta. Era sorprendente que se sintiera tan cómodo en la oscuridad, como si fuese su ambiente natural. De pronto, a Augusta se le ocurrió que quizá no advirtiese nada fuera de lo ordinario. Tal vez bajara a buscar algún libro y supusiera que algún descuidado habría olvidado la vela.

Por un instante, incluso, Augusta se atrevió a pensar que quizá no la hubiese visto allí, agazapada al otro lado de la biblioteca. Si era prudente podía salir del embrollo con la reputación intacta. Escondió la cabeza tras el mueble profusamente tallado.

No oyó las pisadas, amortiguadas por la espesa alfombra persa, pero instantes después, oyó que la interpelaban a unos pocos pasos de distancia.

– Buenas noches, señorita Ballinger. Espero que haya encontrado algo edificante que leer bajo el escritorio de Enfield, pero debe de gozar de mala iluminación.

De inmediato, Augusta reconoció la voz masculina de tono sereno, aterrador e imperturbable, y gimió para sus adentros al confirmarse su temor: era Graystone.



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