¡Qué mala suerte que, entre todos los invitados a la casa de campo de lord Enfield aquel fin de semana, fuese a descubrirla precisamente el amigo de su tío! Harry Fleming, conde de Graystone, era el único que no daría crédito a las excusas que la muchacha había preparado con tanto cuidado.

Graystone inquietaba a Augusta por varias razones, una de las cuales era la desconcertante costumbre de mirar a los ojos como si escrutara el alma, exigiendo la verdad. Y otro rasgo que la perturbaba de aquel sujeto era su desmedida inteligencia.

Desesperada, rebuscó entre las historias que había forjado en previsión de semejante eventualidad. Forzó una sonrisa radiante al tiempo que alzaba la mirada y fingía un ligero sobresalto.

– Hola, milord. No esperaba encontrar a nadie en el estudio a estas horas. Buscaba una horquilla.

– Me parece que hay una en la cerradura del escritorio.

Augusta repitió el gesto de sorpresa y se puso en pie de un salto.

– Caramba, aquí está. Qué lugar más extraño. -Al sacarla de la cerradura y meterla en el bolsillo de su bata de algodón estampada, le temblaron los dedos-. Bajé a buscar algo para leer porque no podía dormir y perdí una horquilla.

Con aire grave, Graystone contempló la sonrisa resplandeciente de la muchacha a la tenue luz de la vela.

– Me extraña que no pueda dormir, señorita Ballinger. Sin duda ha tenido un día agitado. Participó esta tarde en el concurso de tiro al arco para señoras, y luego en la caminata a las ruinas romanas y el almuerzo campestre. Y hay que sumar la danza y el whist de la noche. Cualquiera imaginaría que estaba usted agotada.

– Sí, supongo que mi insomnio se debe al cambio de ambiente, milord; cuando se duerme en cama ajena…

Los fríos ojos grises, que a Augusta le recordaban un helado mar invernal, lanzaron suaves destellos.

– Interesante observación, señorita Ballinger. ¿Suele dormir a menudo en cama ajena?



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