– Un poco estirado… no, reservado sería la palabra. Pero es muy agradable y tiene una sonrisa preciosa. Además, a mí me parece muy atractivo.

– ¿De verdad?

– De verdad.

Un viudo atractivo. A lo mejor su suerte estaba cambiando.

– ¿Tiene bigote?

– No.

– ¿Tiene barriga?

– ¡No! Entra de una vez.

Respirando profundamente, Kate se alisó la falda del vestido y siguió a su amiga hasta el salón.

– Aquí está Kate -anunció Phoebe.

Pero Kate se había quedado paralizada al ver al hombre que estaba de pie frente a la chimenea, charlando con Gib y Josh. Se había vuelto y estaba segura de que su expresión de horror era un reflejo de la suya.

Finn McBride.

– ¡Kate! -exclamó Gib, abrazándola-. ¡Tarde como siempre!

– Ya me ha regañado Phoebe -murmuró ella, rezando para haber visto mal, para que cuando levantase la mirada el hombre que estaba a su lado fuese un extraño que se parecía a Finn; un hombre a quien le gustaba el aspecto agitanado y desaprobaba seriamente la puntualidad. O las dos cosas.

Pero no. Kate descubrió que no había duda. Allí estaba Finn McBride, como si se hubiera convertido en piedra.

Claramente aturdido por tener una cita a ciegas con su secretaria.

Mortificada, Kate consideró sus opciones: no haber nacido nunca era la primera; que se la tragase la tierra, la segunda.

¿Podría hacer como que se desmayaba? Probablemente no, pensó. Ella no era de las que se desmayaban.

De modo que no le quedaba más remedio que enfrentarse con él.

CAPÍTULO 2

– Hola

Kate miró a Finn a los ojos, como retándolo a decir que la conocía. Y él le devolvió una mirada glacial de sus ojos grises.

– Kate, te presento a Finn McBride -dijo Gib-. Le hemos contado todo sobre ti.

Genial, pensó ella. De modo que Finn sabía lo triste que era su vida.



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