
– Sí, voy a salir, pero Will piensa llevarme a un restaurante carísimo de esos modernos donde seguro que las porciones son minúsculas, así que he pensado tomar algo antes. Además, tengo hambre.
Afortunada Bella, que iba a salir con el guapísimo Will, mientras ella tenía que conocer a un pobre viudo. Kate dejó escapar un suspiro. Qué típico. Sin pensar, puso un trozo de pan en el tostador.
– Lo lamentarás -le advirtió su amiga, con la boca llena-. Gib suele cocinar para un regimiento. Además, ¿no estabas a régimen?
– No tiene sentido estar a régimen cuando tienes que ir a cenar -replicó Kate, quitándose el abrigo-. Además, tenemos que comernos todo lo que hay en la nevera antes de volver a llenarla con cosas sanas.
Contarle que había tomado prestado a Will fue una buena excusa para tomar una tostada con mantequilla sin que su amiga se metiera con ella.
– No iba a decirle a Finn McBride que tengo una cita a ciegas con un viudo.
– ¿Un viudo?
– Pues sí, un viudo con una niña pequeña. No creo que vaya a ser una cena precisamente divertida -lijo Kate, suspirando.
– A lo mejor es muy guapo -sonrió Bella.
Iba a llegar tardísimo. Para variar. La puntualidad era otra de las resoluciones de fin de año que no parecían ir como esperaba.
– Perdón, perdón, perdón -se disculpó Kate cuando por fin llegó a casa de Phoebe a las diez-. Sé que llego tarde, pero por favor no te enfades conmigo. Es que ha sido uno de esos días…
– Siempre es uno de esos días para ti, Kate -suspiró su amiga, intentando ponerse seria.
– Lo sé, lo sé, pero estoy intentando mejorar -le aseguró Kate con su mejor sonrisa. Entonces bajó la voz-. ¿Ha llegado ya? ¿Cómo es?
