
– Léeme el último párrafo.
«Por favor… qué hombre más insoportable». Pero aquél no era el mejor día para enseñarle buenas maneras. Su brusquedad la ponía nerviosa y cuando por fin la dejó ir, Kate se vengó con el ordenador, tecleando furiosamente hasta que sonó el teléfono.
– ¿Sí? -contestó, demasiado enojada como para molestarse en dar los buenos días.
– Soy Phoebe.
– Ah, hola Phoebe.
– ¿Qué te pasa? Pareces enfadada.
– Es mi jefe -suspiró Kate-. Es un grosero y un desagradable. Tú creías que trabajar para Celia era horrible, pero te lo digo de verdad, este hombre es un ogro.
– Mientras no sea un canalla, como tu último jefe…
Kate arrugó la nariz al recordar la ignominiosa despedida de su último empleo, donde su jefe no se había molestado en escuchar su versión de la historia porque Seb entró primero en el despacho. Seb, por supuesto, era un ejecutivo, y ella sólo una secretaria y, por supuesto, en absoluto indispensable.
– No, éste no es un canalla, pero eso no significa que sea fácil trabajar para él.
– ¿Es guapo? -preguntó Phoebe.
– Mucho -contestó Kate-. Serio y tal, pero guapo. Supongo. Si te gustan los tipos tiesos para quienes el trabajo es lo único en la vida… y sé que no te gustan.
– No, Gib no es tieso -rió Phoebe entonces.
Kate sonrió también y, al hacerlo, se sintió un poquito mejor. La transformación de Phoebe desde que se casó con Gib unos meses antes era extraordinaria y compensaba su infausta vida amorosa desde que Seb la dejó plantada. Ya ni siquiera le silbaban por la calle.
– Llamo para recordarte la cena de esta noche -estaba diciendo su amiga-. Vas a venir, ¿no?
– Claro que sí -contestó Kate.
– ¿Qué? -preguntó Phoebe al notar cierta vacilación.
– Pues… es que Bella me dio a entender que querías presentarme a otro amigo. Y ya sabes que no me gustan las citas a ciegas.
