– ¡No debería habértelo contado! Se lo dije porque la invité a ella también, pero resulta que se va a bailar con Will. Josh vendrá a cenar de todas formas, así que no es exactamente una cita a ciegas.

– ¿Por qué no me lo habías dicho?

– Porque quería que te portases de forma natural y si te decía que iba a presentarte a alguien…

– Ya -murmuró Kate, poco convencida-. ¿Qué le has dicho de mí?

– Que trabajas como secretaria ejecutiva… ¡y podrías hacerlo si de verdad te pusieras a ello! -suspiró Phoebe-. Él tiene una asesoría o algo parecido, así que no he querido contarle que estás trabajando como secretaria temporal. Pero además de eso sólo le he dicho la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

– ¡Ah, la verdad! -exclamó Kate, irónica-. ¿Y cuál es la verdad?

– Que eres una chica encantadora, divertida y guapa… y básicamente maravillosa -rió su amiga. Quizá debería pedirle a Phoebe que hiciera un poco de Relaciones Públicas con Finn McBride, pensó Kate. Entonces se dio cuenta de que también ella estaba haciendo garabatos en el cuaderno.

Al menos no hacía cuadraditos negros, pensó. Había garabateado un atardecer tropical, con una palmera y un par de líneas onduladas que, supuestamente, eran las olas del mar golpeando contra la playa. ¿Qué decía eso sobre su personalidad?

Probablemente que era una fantasiosa, de modo que podía ahorrarse el dinero del psicoanalista. Kate ya sabía que era demasiado romántica. La gente llevaba años diciéndole que debía poner los pies en el suelo, que debía dejar de tener la cabeza en las nubes y hacer las cosas que a ella no le salían de forma natural.

Controlando un suspiro, Kate añadió un montón de cocos a la palmera.

– ¿Y no se preguntará por qué, siendo tan maravillosa, necesito que mis amigas me organicen citas a ciegas? ¿Por qué los hombres no caen rendidos a mis pies?

– No lo sé. ¿Por qué no caen rendidos a tus pies?



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