
En lo demás, el forastero parecía sólo un hombre; bajo el barro y los arañazos y la suciedad de su rostro y de su desnudo cuerpo después de su desatinada lucha a través de la selva; a lo sumo era algo más pálido que las morenas gentes que a su alrededor hablaban de él tranquilamente mientras él se encogía bajo el Sol, doblado y tembloroso de agotamiento y de temor.
Aunque Parth lo miró directamente adentro de sus extraños ojos no encontró allí destello alguno de reconocimiento humano. Sordo a sus palabras, tampoco comprendía sus gestos.
—Sin mente o demente —dijo Zove—. Pero también muerto de hambre; podemos remediar esto.
Después de estas palabras, Kai y el joven Thurro lo sostuvieron a medias y a medias lo arrastraron hacia la casa. Allí, ellos y Parth y Buckeye se las arreglaron para alimentarlo y limpiarlo, y luego lo colocaron sobre un jergón y le inyectaron un narcótico para que no escapara.
—¿Será un Shing? —Parth le preguntó a su padre.
—¿Lo eres tú? ¿Lo soy yo? No seas ingenua, mi querida —respondió Zove—. Si pudiera contestar a esta pregunta sería capaz de liberar a la Tierra. Sin embargo, tengo la esperanza de descubrir si es loco o está sano o si es imbécil, y de dónde vino, y cómo tiene esos ojos amarillos. ¿Se habrán apareado los hombres con gatos y halcones en la degenerada y última época de la humanidad? Dile a Kretyan que suba a los dormitorios, querida.
Parth siguió a su ciega prima Kretyan escaleras arriba, hacia el umbrío y ventilado balcón donde dormía el extraño. Zove y su hermana Karel, llamada Buckeye esperaban allí. Ambos estaban sentados con las piernas cruzadas y la espalda erguida; Buckeye jugaba con su bastidor, Zove no hacía nada: hermano y hermana ya entrados en años, los rostros anchos y morenos muy tranquilos. Las jóvenes se sentaron junto a ellos sin romper el plácido silencio. Parth era morenorojiza, con una cascada de negro pelo largo y brillante.
