Sólo vestía unos amplios pantalones plateados. Kretyan, algo mayor, era obscura y frágil; una cinta roja cubría sus ojos vacíos y sostenía hacia atrás su pesado pelo. Al igual que su madre; usaba una túnica de tela delicadamente tejida. Hacía calor. La tarde estival ardía en los jardines debajo del balcón y, más allá, en los ondulados campos del Claro. Por todos lados, tan cerca de esta ala de la casa como para sombrearla con las ramas llenas de hojas y de pájaros, tan lejos en las otras direcciones como para azularse y ponerse brumosa por la distancia, la selva los rodeaba.

Los cuatro permanecieron sentados durante buen rato, juntos y separados, sin hablar pero unidos.

—La cuenta de ámbar se evade hacía el dibujo de la Infinitud —dijo Buckeye con una sonrisa, dejando a un lado su bastidor con su entretejido de cuentas.

—Todas tus cuentas llevan a la Infinitud —dijo su hermano—. Efecto de tu reprimido misticismo. Terminarás como nuestra madre, te lo aseguro, capaz de ver las cuentas en un bastidor vacío.

—¡Reprimida tontería! —señaló Buckeye—. Nunca he reprimido algo en mi vida.

—Kretyan —dijo Zove—, los párpados del hombre se mueven. Debe estar en un ciclo de sueños.

La ciega se acercó al jergón. Extendió su mano y Zove la guió nuevamente hacia la frente del forastero. Nuevamente guardaron silencio. Todos escuchaban. Pero sólo Kretyan podía oír.

Finalmente levantó su inclinada y ciega cabeza.

—Nada —dijo, su voz estaba ligeramente tensa.

—¿Nada?

—Una confusión… un vacío. No tiene mente.

—Kretyan, te contaré su apariencia. Sus pies han caminado, sus manos han trabajado. El sueño y la droga relajan su rostro, pero sólo una mente pensante podría hollar y desgastar una cara con estas líneas.

—¿Qué parecía cuando estaba despierto?

—Temeroso —dijo Parth—. Temeroso, aturdido.

—Puede ser un extranjero —dijo Zove—, no un terráqueo, aunque podría ser… Quizás piense de otro modo que nosotros. Intenta una vez más, mientras sigue durmiendo.



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