Pero, a pesar de los éxitos de Baba, la gente siempre lo cuestionaba. Le decían que lo de dirigir negocios no lo llevaba en la sangre y que debía estudiar leyes como su padre. Así que Baba les demostró a todos lo equivocados que estaban al dirigir no sólo su propio negocio, sino al convertirse además en uno de los comerciantes más ricos de Kabul. Baba y Rahim Kan establecieron un negocio de exportación de alfombras tremendamente exitoso y eran propietarios de dos farmacias y un restaurante.

La gente se mofaba de Baba y le decía que nunca haría un buen matrimonio (al fin y al cabo, no era de sangre real), pero acabó casándose con mi madre, Sofia Akrami, una mujer muy culta y considerada por todo el mundo como una de las damas más respetadas, bellas y virtuosas de Kabul. No sólo daba clases de literatura farsi en la universidad, sino que además era descendiente de la familia real, un hecho que mi padre restregaba alegremente por la cara a los escépticos refiriéndose a ella como «mi princesa».

Mi padre consiguió moldear a su gusto el mundo que lo rodeaba, siendo yo la manifiesta excepción. El problema, naturalmente, era que Baba veía el mundo en blanco y negro. Y era él quien decidía qué era blanco y qué era negro. Es imposible amar a una persona así sin tenerle también miedo, tal vez incluso sin odiarlo un poco.

Cuando estaba en quinto en la vieja escuela de enseñanza media de Istiqlal, teníamos un mullah que nos daba clases sobre el Islam. Se llamaba Mullah Fatiullah Kan. Era un hombre bajito y rechoncho con la cara marcada por el acné y que hablaba con voz ronca. Nos explicaba las virtudes del zakat yel deber de hadj, nos enseñaba las complejidades de rezar las cinco oraciones diarias namaz y nos obligaba a memorizar los versículos del Corán, y, a pesar de que nunca nos traducía el significado de las palabras extrañas que utilizaba, exigía, a veces con la ayuda de una rama de sauce, que pronunciáramos correctamente las palabras árabes para que Dios nos escuchara mejor.



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