Un día nos explicó que el Islam consideraba la bebida un pecado terrible; los que bebían responderían de sus pecados el día de Qiyamat, el Día del Juicio. Por aquella época en Kabul era normal beber; nadie te lo reprochaba públicamente. Sin embargo, los afganos que bebían lo hacían en privado, por respeto. La gente compraba whisky escocés en determinadas «farmacias» como «medicamento» y se llevaban las botellas en bolsas de papel marrón. Cuando salían del establecimiento, trataban de ocultar la bolsa de la vista del público, lanzando miradas furtivas y desaprobadoras a aquellos que conocían la reputación de la tienda en cuanto a ese tipo de transacciones se refería.

Nos encontrábamos en la planta de arriba, en el despacho de Baba, el salón de fumadores, cuando le comenté lo que el mullah Fatiullah Kan nos había explicado en clase. Baba se sirvió un whisky del bar que había en una esquina de la habitación. Me escuchó, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y dio un trago. Luego se acomodó en el sofá de cuero, dejó la copa y me hizo una seña indicándome que me sentara en sus piernas. Era como sentarse sobre un par de troncos. Respiró hondo y exhaló el aire a través de la nariz, que siguió silbando entre el bigote durante lo que me pareció una eternidad. Del miedo que sentía, no sabía si quería abrazarlo o saltar y huir de su regazo.

– Creo que estás confundiendo las enseñanzas del colegio con la verdadera educación -dijo con su voz profunda.

– Pero si lo que el mullah dice es cierto, eso te convierte en un pecador, Baba.

– Humm. -Baba hizo crujir un cubito de hielo entre los dientes-. ¿Quieres saber lo que piensa tu padre sobre el pecado?

– Sí.

– Entonces te lo explicaré, pero primero tienes que entender lo que te voy a decir, y tienes que entenderlo ahora, Amir: jamás aprenderás nada valioso de esos idiotas barbudos.



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