En el colegio solíamos jugar a un juego llamado Sherjangi, o «batalla de los poemas». El profesor de farsi actuaba de moderador y la cosa funcionaba más o menos así: tú recitabas un verso de un poema y tu contrincante disponía de sesenta segundos para responder con otro que empezara con la misma letra con que acababa el tuyo. Todos los de la clase me querían en su equipo porque a los once años era capaz de recitar docenas de versos de Khayyam, Hafez o el famoso Masnawi de Rumi. En una ocasión, competí contra toda la clase y gané. Se lo conté a Baba esa misma noche y se limitó a asentir con la cabeza y murmurar: «Bien.»

Así fue como escapé del distanciamiento de mi padre, con los libros de mi madre muerta. Con ellos y con Hassan, por supuesto. Lo leía todo, Rumi, Afees, Saadi, Victor Hugo, Julio Verne, Mark Twain, Ian Fleming. Cuando acabé con los libros de mi madre (no con los aburridos libros de Historia, pues ésos nunca me gustaron mucho, sino con las novelas, los poemas), empecé a gastar mi paga en libros. Todas las semanas compraba un ejemplar en la librería que había cerca del Cinema Park, y en cuanto me quedé sin espacio en las estanterías, comencé a almacenarlos en cajas de cartón.

Naturalmente, una cosa era estar casado con una poetisa…, pero ser padre de un hijo que prefería enterrar la cara en libros de poesía a ir de caza… Supongo que no era ésa la idea que se había hecho Baba. Los hombres de verdad no leían poesía ¡y Dios prohibía incluso que la escribieran! Los hombres de verdad, los muchachos de verdad, jugaban a fútbol, igual que había hecho Baba de joven. Y en aquellos momentos el fútbol era algo por lo que apasionarse. En 1970, Baba decidió darse un descanso en la construcción del orfanato y volar hasta Teherán con el fin de instalarse un mes entero para ver el Mundial por televisión, ya que en aquella época aún no había tele en Afganistán.



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