– Cuando matas a un hombre, le robas la vida -dijo Baba-, robas el marido a una esposa y el padre a unos hijos. Cuando mientes, le robas al otro el derecho a la verdad. Cuando engañas, robas el derecho a la equidad. ¿Comprendes?

Sí. Cuando Baba tenía seis años, un ladrón entró en la casa de mi abuelo en plena noche. Mi abuelo, un respetado juez, le plantó cara y el ladrón le dio una puñalada en la garganta, provocándole la muerte instantánea… y robándole un padre a Baba. Un grupo de ciudadanos capturó al día siguiente al asesino, que resultó ser un vagabundo de la región de Kunduz. Cuando todavía faltaban dos horas para la oración de la tarde, lo colgaron de la rama de un roble. Fue Rahim Kan, no Baba, quien me explicó esa historia. Siempre me enteraba a través de otras personas de las cosas relacionadas con Baba.

– No existe acto más miserable que el robo -dijo Baba-. El hombre que toma lo que no es suyo, sea una vida o una rebanada de naan…, maldito sea. Y si alguna vez se cruza en mi camino, que Dios lo ayude. ¿Me entiendes?

La idea de que Baba le propinara una paliza al ladrón me resultaba tan estimulante como increíblemente aterradora.

– Sí, Baba.

– Si existe un Dios, espero que tenga cosas más importantes que hacer que ocuparse de que yo beba whisky o coma cerdo. Y ahora vete. Tanto hablar me ha dado sed.

Observé cómo llenaba el vaso en el bar. Mientras, me preguntaba cuánto tiempo transcurriría hasta que habláramos de nuevo como acabábamos de hacerlo. Porque la verdad era que sentía como si Baba me odiara un poco. Y no era de extrañar. Al fin y al cabo, era yo quien había matado a su amada esposa, a su hermosa princesa, ¿no? Lo menos que podía haber hecho era haber tenido la decencia de salir algo más a él. Pero no había salido a él. En absoluto.



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