
La autora era una tal Señora Seeton y el libro había sido impreso en 1792, el año de nacimiento de Elizabeth. Una divertida coincidencia, pensó Elizabeth, aunque ella no era una persona supersticiosa. Y ciertamente, no necesitaba que un pequeño libro le dijera cómo vivir su vida.
Además, en realidad, ¿qué es lo que esa tal Señora Seeton sabía realmente? Después de todo, si se hubiera casado con un marqués, ¿no se llamaría Lady Seeton?
Elizabeth cerró de un golpe el libro, con decisión, y lo volvió a poner en la estantería, de costado, en la misma posición en la que lo había encontrado. No quería que nadie pensara que había estado ojeando esa tontería.
Cogió su pila de libros y cruzó el pasillo hasta el salón, donde Lady Danbury continuaba sentada, acariciando a su gato y mirando a través de la ventana fijamente, como si esperara a alguien.
“He encontrado algunos libros,” dijo Elizabeth en voz alta. “No creo que encuentre ningún ‘engendró’ en ellos, aunque quizás sí en los de Shakespeare.”
“No las tragedias, espero.”
“No, pensé que en su actual estado de animo encontraría las comedias más entretenidas.”
“Buena chica,” dijo Lady Danbury, de manera aprobadora. “¿Algo más?”
Elizabeth parpadeó y bajó la vista a los libros que sostenía en brazos. “Unas cuantas novelas, y algo de poesía.”
“Quema la poesía.”
“¿Perdón?”
“Bueno, no la quemes; los libros son más valiosos que el combustible. Pero, realmente, no deseo escucharla. Mi último marido debió comprar eso. Tamaño soñador.”
“Ya veo,” dijo Elizabeth, sobre todo porque pensó que esperaba que dijera algo.
Con un repentino movimiento, Lady Danbury se aclaró la garganta y agitó la mano en el aire. “¿Por qué no te vas hoy temprano a casa?”
La boca de Elizabeth se abrió de la sorpresa. Lady Danbury nunca la había despedido temprano.
