“Tengo que tratar con ese maldito administrador, y, ciertamente, no te necesito para eso. Además, si le gustan las jovencitas bonitas nunca conseguiré que me preste atención contigo aquí.”

“Lady Danbury, no creo…”

“Tonterías. Eres una cosita bastante atractiva. Los hombres adoran el cabello rubio. Yo lo sé. El mío solía ser tan bonito como el tuyo.”

Elizabeth sonrió. “Aún es bonito.”

“Es blanco; eso es lo que es,” dijo Lady Danbury con una sonrisa. “Eres una dulzura. No deberías estar aquí, conmigo. deberías estar fuera, encontrando un marido.”

“Yo… ah…” ¿Qué contestar a eso?

“Es muy noble de tu parte tu devoción a tus hermanos, pero tu también tienes una vida que vivir.”

Elizabeth sólo pudo permanecer mirando fijamente a su patrona, horrorizada por las lágrimas que cuajaban sus ojos. Ella había permanecido con Lady Danbury durante cinco años, y nunca habían hablado de tales temas. “Yo… yo me marcharé entonces, puesto que dice que puedo marcharme antes.”

Lady Danbury asintió, pareciendo extrañamente decepcionada. ¿Esperaba que Elizabeth continuara con el tema? “Pero devuelve el libro de poesía a su sitio,” le mandó. “Estoy segura de que no lo voy a leer, y no puedo confiar en mis criados para mantener mis libros ordenados.”

“Muy bien.” Elizabeth dejó el resto de los libros en un extremo de una frágil mesita, recogió sus cosas, y se despidió. Cuando estaba saliendo del salón, Malcom saltó silenciosamente del regazo de Lady Danbury y la siguió.

“¿Lo ves?” canturreó Lady D. “Te dije que te adoraba.”


Elizabeth miró al gato recelosamente, mientras se dirigía al pasillo. “¿Qué quieres, Malcom?”

El gato chasqueó la cola, descubrió los dientes, y siseó.

“¡Oh!” exclamó Elizabeth, dejando caer el libro de poesía. “Eres una bestia. Siguiéndome aquí fuera sólo para sisearme…”



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