“Aparentemente no,” dijo Elizabeth con tono ausente, mirando fijamente hacia los números delante de ella. Hizo algunas marcas con el lápiz, mientras intentaba idear nuevos métodos de economizar.

“¡Hermanas!” se exasperó Lucas, pareciendo excesivamente sofocado. “Estoy plagado de ellas.”

Susan miró con fijeza el libro de cuentas de Elizabeth. “¿No tenemos ni un poco de dinero? ¿Algo que podamos estirar un poco?”

“No hay nada que estirar. Gracias a Dios, la renta de la cabaña está pagada, o nos echarían a patadas.”

“¿De verdad estamos tan mal?” susurró Susan.

Elizabeth asintió. “Tenemos suficiente para el resto del mes, y después un poco más cuando reciba mi salario de Lady Danbury, y entonces…” Su voz se fue apagando y desvió la mirada, no quería que Lucas y Jane vieran las lágrimas que le escocían en los ojos. Ella los había cuidado durante cinco años, desde que tenía dieciocho. Dependían de ella para el alimento, el abrigo y, lo más importante, la estabilidad.

Jane dio un codazo a Lucas, y cuando no reaccionó, lo pellizcó en el sensible punto entre el cuello y los hombros.

“¿Qué?”, preguntó bruscamente, “eso duele.”

“ ‘Qué’ no es cortés”, lo corrigió Elizabeth automáticamente. “Es preferible ‘perdón’.”

La pequeña boca de Lucas se abrió ultrajada. “No es cortés pellizcarme como ella lo ha hecho. Y te aseguro que no voy a pedir su perdón.”


Jane puso los ojos en blanco y suspiró. “Debes recordar que sólo tiene ocho años.”

Lucas sonrió falsamente tras ella. “Tú sólo tienes nueve.”

“Siempre seré mayor que tú.”

“Sí, pero pronto yo seré más grande, y lo sentirás.”

Los labios de Elizabeth se curvaron en una agridulce sonrisa, mientras los oía discutir. Había visto la misma discusión un millón de veces antes, pero también había visto a Jane deslizarse de puntillas hasta la habitación de Lucas para darle un beso de buenas noches en la frente.



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