
Podían no ser la típica familia -sólo estaban ellos cuatro, después de todo, y habían sido huérfanos durante años-pero el clan Hotchkiss era especial. Elizabeth se las había arreglado para mantener la familia unida desde hacía cinco años, cuando su padre falleció, y maldita fuera, si dejaba que su actual escasez de fondos los separara ahora.
Jane cruzó los brazos. “Deberías darle a Lizzie tu dinero, Lucas. No está bien que lo escondas.”
El afirmó solemnemente y abandonó la habitación, su pequeña y rubia cabeza inclinada humildemente. Elizabeth echó un vistazo a Susan y Jane. También eran rubias, y con los brillantes ojos azules de su madre. Y Elizabeth era como el resto de ellos -un pequeño ejercito rubio, sin dinero para comida.
Suspiró de nuevo y miró fija y seriamente a sus hermanas. “Voy a tener que casarme. No puedo hacer otra cosa.”
“¡Oh, no, Lizzie!” chilló Jane, saltando de su silla y prácticamente trepando por la mesa hasta el regazo de su hermana. “¡Eso no! ¡Cualquier cosa menos eso!”
Elizabeth miraba a Susan con expresión confusa, preguntándole silenciosamente si sabía porqué Jane se había puesto así. Susan sólo sacudió la cabeza y se encogió de hombros.
“No es tan malo,” dijo Elizabeth, revolviendo el pelo de Jane. “Si me caso, entonces probablemente tenga un bebe, y tú podrás ser una tiíta. ¿No sería bonito?”
“Pero la única persona que te lo ha propuesto es el hacendado Nevins. ¡Y es horrible! ¡Simplemente horrible!”
Elizabeth sonrió poco convincentemente. “Estoy segura de que podremos encontrar a alguien más, aparte del hacendado Nevins. Alguien menos, ah… horroroso.”
“No quiero vivir con él,” dijo Jane, cruzándose amotinadamente de brazos. “No quiero. Prefiero ir a un orfanato. O a una de esas horribles casas de trabajo.”
Elizabeth no la culpaba. El hacendado Nevins era viejo, gordo y mezquino. Y siempre había mirado a Elizabeth de una forma que le provocaba sudores fríos. Y la verdad sea dicha, tampoco le gustaba demasiado cómo miraba a Susan, además. O a Jane, si reflexionaba sobre ello.
