
No, no podía casarse con el hacendado Nevins.
Lucas regresó a la cocina trayendo una pequeña caja de metal. Se la tendió a Elizabeth. “He ahorrado una libra y cuarenta peniques,” dijo. “Pensaba utilizarlo para…” se detuvo y tragó. “No importa. Quiero que lo tengas tú. Para la familia.”
Elizabeth tomó silenciosamente la caja y miró en su interior. Allí estaban la libra y cuarenta peniques de Lucas, casi todo en peniques y medios peniques. “Lucas, cariño,” le dijo suavemente. “Estos son tus ahorros. Te ha llevado años juntar todos estos peniques.”
El labio inferior de Lucas tembló, pero de alguna manera se las arregló para enderezar su pequeño pecho hasta que quedó firme como el de uno de sus soldados de juguete. “Ahora soy el hombre de la casa. Tengo que proveer para ti.”
Elizabeth asintió solemnemente y traspasó el dinero a la caja donde ella guardaba los fondos familiares. “Muy bien. Podemos usarlo para comprar comida. Quizás quieras acompañarme a comprar la próxima semana, y puedas escoger algo que te guste.”
“Mi huerto de la cocina debe empezar a producir verduras pronto,” dijo Susan esperanzadamente. “Suficientes para alimentarnos, y, quizás sobre algo que podamos vender en la aldea o intercambiar.”
Jane empezó a retorcerse en el regazo de Elizabeth. “Por favor, dime que no has plantado más nabos. Odio los nabos.”
“Todos odiamos los nabos,” replicó Susan. “Pero son muy fáciles de cultivar.”
“Pero no tan fáciles de comer,” refunfuñó Lucas.
Elizabeth exhaló con fuerza y cerró los ojos. ¿Cómo habían llegado a esto? Ellos eran una antigua y honorable familia -¡el pequeño Lucas incluso era baronet!-Y, sin embargo, se veían reducidos a cultivar nabos -los cuales todos detestaban-en un huerto.
Había fallado. Pensó que podía criar a su hermano y hermanas. Cuando su padre falleció, fue la época más espantosa de toda su vida, y lo único que la había mantenido en pie fue el pensamiento de que tenía que proteger a sus hermanos, mantenerlos felices y cuidados. Juntos.
