Pero hoy necesitaba irse a casa. Se sentía espantosamente al haberse marchado mientras Jane estaba todavía tan alterada ante la perspectiva de que el hacendado Nevins entrara a formar parte de su pequeña familia. Elizabeth le había asegurado que no se casaría con él aunque fuera el último hombre de la tierra, pero Jane seguía insegura y…

¡THUMP!

A Elizabeth casi se le paró el corazón. Nadie sabía hacer más ruido golpeando con un bastón que Lady Danbury.

“¡No estoy dormida!” tronó la voz de Lady D.

Elizabeth se dio la vuelta y sonrió débilmente. “Lo siento.”

Lady Danbury rió entre dientes. “No lo sientes en absoluto. Regresa aquí.”

Elizabeth ahogó un gemido y regresó a su silla de recto respaldo. Le gustaba Lady Danbury. Realmente le gustaba. De hecho, esperaba el día en que pudiera usar la edad como excusa y expresarse con la característica franqueza de Lady D.

Sólo que realmente ella necesitaba volver a casa, y…

“Eres una embaucadora,” dijo Lady Danbury.


“¿Perdón?”

“Todos esos ‘engendró’ elegidos a propósito para hacerme dormir.”

Elizabeth sintió que sus mejillas se calentaban con un rubor de culpabilidad e intentó dar a sus palabras un tono de inocencia. “¿Qué quiere decir?”

“Has dado un salto en la lectura. Deberíamos estar todavía en la parte de Moisés y el gran diluvio, no en la parte de los engendramientos.”

“Me parece que no era Moisés el del diluvio, Lady Danbury.”

“Tonterías. Por supuesto que lo era.”

Elizabeth pensó que Noé entendería su deseo de evitar enredarse en una prolongada discusión de referencias bíblicas con Lady Danbury, y cerró la boca.

“De cualquiera manera, no importa a quién pilló el diluvio. El punto en cuestión es que te has saltado esa parte para hacerme dormir.”

“Yo…ah…”

“Oh, sólo admítelo, niña.” Los labios de Lady Danbury se distendieron en una conocedora sonrisa. “En realidad, te admiro por ello. Yo habría hecho lo mismo a tu edad.”



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