Elizabeth puso los ojos en blanco. Si éste no era un claro caso de “malo si lo hace, malo si no lo haces”, entonces no sabía que era. Así que simplemente suspiró, tomó de nuevo la Biblia, y dijo: “¿Qué parte desea que lea?”

“Ninguna. Es un maldito aburrimiento. ¿No tenemos nada más interesante en la biblioteca?”

“Estoy segura de que sí. Podría comprobarlo, si quiere.”

“Sí, hazlo. Pero antes, ¿podrías alcanzarme ese libro de cuentas? Sí, el que está sobre la mesa.”

Elizabeth se levantó, camino hasta la mesita, y cogió el libro encuadernado en cuero. “Aquí tiene,” dijo, entregándoselo a Lady Danbury.

La condesa tomó el libro y lo abrió con precisión militar, antes de volver a mirar a Elizabeth. “Gracias, pequeña. Hoy va a llegar un nuevo administrador y quiero tener memorizados estos números, así estaré segura de que no me oculta nada durante meses.”

“Lady Danbury,” dijo Elizabeth, con extremada sinceridad, “incluso al diablo le faltaría valor para intentar estafarla.”

Lady Danbury golpeó el suelo con su bastón a modo de aplauso y rió. “Bien dicho, pequeña. Es agradable ver a una joven con cerebro en la cabeza. Mis propios hijos… Bueno, bah, no quiero entrar en esa materia ahora, excepto para contarte que lo único que consiguió hacer mi hijo con su cabeza fue que se le quedara atrapada entre los barrotes de la verja que rodea el Castillo de Windsor.”

Elizabeth se tapó la boca con la mano en un esfuerzo por sofocar la risa.

“Oh, adelante, ríete,” suspiró Lady Danbury. “He descubierto que la única forma de sobrellevar la frustración maternal es contemplarla como fuente de diversión.”

“Bien,” dijo Elizabeth cuidadosamente, “esa parece una inteligente línea de conducta…”

“Sería una estupenda diplomática, Elizabeth Hotchkiss”, resopló alegremente Lady Danbury. “¿Dónde está mi bebé?”



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