
Elizabeth no se inmutó. Los abruptos cambios de tema de Lady D. eran legendarios. “Su gato,” enfatizó, “ha estado durmiendo sobre la otomana durante la última hora,” dijo, señalando a través del cuarto.
Malcom levantó su peluda cabeza, intentó enfocar sus somnolientos ojos azules, decidió que el esfuerzo no merecía la pena, y claudicó.
“Malcom,” lo arrulló Lady Danbury, “ven con mamá.”
Malcom la ignoró.
“Tengo un golosina para ti.”
El gato bostezó, reconoció a Lady D. como su fuente principal de alimentación, y saltó de la otomana.
“Lady Danbury,” la regañó Elizabeth, “sabe que el gato está demasiado gordo.”
“Tonterías.”
Elizabeth sacudió la cabeza. Malcom pesaba, por lo menos, una tonelada, aunque una buena parte de ese peso fuera pelo. Ella pasaba un buen rato cada tarde, después de regresar a casa, cepillando su ropa.
Lo cual era, realmente, extraordinario, puesto que la presumida bestia no se había dignado nunca a dejarla acercarse a ella en cinco años.
“Gatito bonito,” dijo Lady D. extendiendo los brazos.
“Gato estúpido,” musitó Elizabeth, cuando el atigrado felino la miró fijamente para continuar después con su camino.
“Eres una cosita muy dulce.” Lady D. frotó su mano sobre su peludo vientre. “Una cosita muy dulce.”
El gato se estiró en el regazo de Lady Danbury, recostado de espaldas, con la patas extendidas sobre su cabeza.
“Eso no es un gato,” dijo Elizabeth. “Es un pobre remedo de alfombra.”
Lady D. enarcó una ceja. “Sé que no lo dices en serio, Lizzie Hotchkiss.”
“Sí lo hago.”
“Tonterías. Adoras a Malcom.”
“Tanto como a Atila el Huno.”
“Bueno, Malcom te adora.”
El gato levantó la cabeza y Elizabeth juraría que le había sacado la lengua.
Dejo escapar un sonido de indignación. “Ese gato es una amenaza. Me voy a la biblioteca.”
