
El resto de la familia se componía de mis tres hermanas: Sal, la mayor, de cinco años, que sabía cuándo había nacido porque ocurrió en plena noche y mantuvo despierto al viejo; Grace, que tenía tres años y nunca impidió dormir a nadie, y la pelirroja Kitty, que contaba dieciocho meses y siempre berreaba.
El cabeza de familia era el abuelo Charlie, con cuyo nombre me bautizaron. Dormía en su habitación de la planta baja, en nuestra casa de Whitechapel Road, mientras los demás nos hacinábamos en la habitación opuesta. Había otras dos dependencias en la planta baja, una especie de cocina y lo que la mayoría de la gente llamaría una amplia alacena, pero que Grace prefería denominar salón.
Había un lavabo en el jardín (carente de hierba) que compartíamos con una familia irlandesa. Vivía en el piso de arriba. Tenían la costumbre de acudir a las tres de la mañana, al menos así nos lo parecía a nosotros.
El abuelo había conseguido establecer su puesto en la esquina de Brick Lane con Whitechapel Road, la más bulliciosa del barrio. Una vez que logré escapar de mi caja de naranjas y deambular entre los otros puestos, no tardé en descubrir que los vecinos le consideraban el mejor vendedor ambulante del East End.
Mi padre, cuya profesión, como ya he indicado antes, era la de estibador, nunca pareció tomarse mucho interés en ninguno de nosotros, y aunque a veces ganaba una libra a la semana, el dinero siempre terminaba en el Black Bull, dilapidado en pinta tras pinta de cerveza, o se lo jugaba (y perdía) a los naipes o el dominó, en compañía de su mejor amigo, y vecino de al lado, Bert Shorrocks, un hombre que, en lugar de hablar, gruñía.
De hecho, si no hubiera sido por el abuelo, yo nunca habría podido acudir a la escuela elemental de la calle Jubilee, y «acudir» es la palabra más adecuada, pues yo no hacía otra cosa que cerrar de golpe la tapa de mi pequeño pupitre y, en ocasiones, tirar de las trenzas de «Posh Porky», la niña que se sentaba frente a mí.
