Claro que lo decía dando por supuesto que sí me gustaría. ¿A qué chico no le gusta? Los hay que, adultos, recuerdan su niñez como un prolongado pedido de helados y poca cosa más. Por eso ahora su pregunta tenía una resonancia de incrédulo fatalismo, como si dijera: "No puedo creerlo; también en esto tenías que fallarme".

Vi construirse la indignación y el desprecio en sus ojos, pero se contuvo todavía. Decidió darme una oportunidad más.

– Cómelo. Es rico -dijo, y para demostrarlo se llevó a la boca una cucharada cargada del suyo.

Yo ya no podía retroceder. Estaba jugada. En cierto modo no quería retroceder. Se me revelaba que mi único camino a esta altura era demostrarle a papá que lo que tenía entre manos era inmundo. Miré el rosa del helado con horror. La comedia asomaba a la realidad. Peor: la comedia se hacía realidad, frente a mí, a través de mí. Sentí vértigo, pero no podía echarme atrás.

– ¡Es feo! ¡Es una porquería! -Quise ponerme histérica. -¡Es asqueroso!

No dijo nada. Miraba el vacío delante de él y comía de prisa su helado. Yo había errado una vez más el enfoque. Lo cambié con aturdida precipitación.

– Es amargo -dije.

– No, es dulce -respondió con una contenida suavidad cargada de amenaza.

– ¡Es amargo! -grité.

– Es dulce.

– ¡¡Es amargo!!

Papá ya había renunciado a toda satisfacción que pudiera haber esperado de la salida, de la comunión de gustos, de la camaradería. Eso quedaba atrás, ¡y qué ingenuo de su parte, debía de estar pensando, en haberlo creído posible! No obstante, y sólo para ahondar más su propia herida, emprendió el trabajo de convencerme de mi error. O de convencerse él de que yo era su error.

– Es una crema muy dulce con gusto a frutilla, riquísima.

Yo negaba con la cabeza.

– ¿No? ¿Y qué gusto tiene entonces?



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