
– ¡Es horrible!
– A mí me parece muy rico -dijo tranquilamente, y engulló otra cucharada. Su calma me espantaba más que cualquier otra cosa. Intenté hacer las paces por un camino retorcido, muy típico de mí:
– No sé cómo puede gustarte esa porquería. -Traté de darle un tonillo de admiración.
– A todo el mundo le gustan los helados -dijo lívido de furia. La máscara de paciencia caía, y no sé cómo yo todavía no estaba llorando. -A todo el mundo menos a vos, que sos un tarado.
– ¡No, papá! ¡Te juro…!
– Come ese helado.- Frío, tajante. -Para eso te lo compré, taradito.
– ¡Pero no puedo…!
– Comelo. Probalo. Ni lo probaste.
Abriendo grandes los ojos por mi honestidad puesta en duda (tendría que haber sido un monstruo para mentir por gusto) exclamé:
– ¡Te juro que es horrible!
– ¡Qué va a ser horrible! Probalo.
– ¡Ya lo probé! ¡No puedo!
Se le ocurrió algo y volvió a un nivel más condescendiente:
– ¿Sabes qué debe ser? Que te dio impresión lo frío. No el gusto, sino lo frío que está. Pero enseguida te vas a acostumbrar y vas a ver qué rico es.
Me aferré a un clavo ardiente. Quise creer en esa posibilidad, que a mí no se me habría ocurrido en mil años. Pero en el fondo sabía que no valía la pena. No era así. Yo no tomaba habitualmente bebidas heladas (no teníamos heladera) pero las había probado y sabía bien que no era eso. Aun así, me aferré. Tomé con suma precaución una pizca de helado en la punta de la cucharita, y me la llevé a la boca mecánicamente.
Me resultó mil veces más asqueante que la vez anterior. Lo habría escupido, de saber cómo hacerlo. Nunca aprendí a escupir a distancia. Me chorreó por las comisuras de los labios.
Papá había seguido cada uno de mis movimientos de reojo, sin dejar de comer su helado a grandes cucharadas. Las tres capas de distintos colores iban desapareciendo velozmente. Con la cucharita aplastó la crema dejándola a nivel con los bordes del vasito de barquillo. En ese punto comenzó a comérselo. Yo no sabía que esos vasitos se comían, y me pareció una manifestación de salvajismo que desbordó la capa de mi espanto. Empecé a temblar. Sentí subir el llanto. Me habló con la boca llena:
