
Habíamos caído en un silencio que ni siquiera el ruido entrecortado de mis sollozos alteraba en profundidad. Mi padre era una estatua, un bloque de piedra. Yo, estremecida, trémula, húmeda, con el vaso de helado en una mano y la cucharita en la otra, la cara roja y descompuesta en un rictus de angustia, no estaba menos inmovilizada. Lo estaba más, atada a un dolor que me superaba con creces, dando con mi infancia, con mi pequeñez, con mi extrema vulnerabilidad, la medida del universo. Papá no insistió más. Mi último y definitivo recurso habría sido terminar por mi cuenta el helado, encontrarle el gusto al fin, remontar la situación. Pero era imposible. No necesitaba que me lo dijeran. Ni siquiera necesitaba pensarlo. En mi suprema impotencia, tenía firmemente dominadas las riendas de lo imposible. La calle vacía bajo los plátanos, el calor asfixiante del enero rosarino, devolvían el eco de mis sollozos. En la quietud, el sol hacía dibujos de luz. Me caían lágrimas innumerables, y el helado se derretía francamente, los hilos rosa me corrían hasta el codo, desde donde goteaban a la pierna.
Pero no hay situación que se eternice. Siempre pasa algo más. Lo que sucedió entonces vino de mi cuerpo, de lo profundo, sin preparación alguna por la voluntad o la deliberación. Una arcada me sacudió el plexo. Fue algo grotesco, de caricatura. Era como si algo en mí quisiera demostrar que tenía enormes reservas de energía, listas a desencadenar en cualquier momento. De inmediato, otra, más exagerada todavía. A los muchos estratos de mi miedo se agregaba éste de ser presa de un mecanismo físico incontrolable. Papá me miró, como si volviera de muy lejos:
– Basta de farsa.
Otra arcada. Otra más. Otra. Eran una serie. Todas secas, sin vómito. Parecían las frenadas de un auto loco. Frenadas ante el abismo, pero repetidas, como si el abismo se multiplicara.
Un interés nació en el rostro de papá. Yo conocía tan bien ese rostro, cetrino, redondo, con la calva prematura, la nariz aguileña que heredó mi hermana, no yo, y el espacio excesivo entre la nariz y la boca, que él disimulaba con un bigote bien recortado.