Lo decía como si eso fuera una solución. Lo peor era que papá, por haber comido tan de prisa su helado, tenía la lengua entumecida y hablaba como yo nunca lo había oído, con una torpeza que me lo hacía más feroz, más incomprensible, muchísimo más temible. Creía que era la rabia lo que le endurecía la lengua.

– Decime por qué no te gusta. A todos les gusta y a vos no. Decime el motivo.

Increíblemente, pude hablar; pero tenía tan poco que decir.

– Porque es feo.

– No, no es feo. A mí me gusta.

– A mí no -imploré.

Me tomó el brazo y guió la mano con la cucharita hasta el helado.

– Tómalo y nos vamos. Para qué te habré traído.

– ¡Pero no me gusta! Por favor, por favor…

– Está bien. Nunca más te vuelvo a comprar uno. Pero tomá éste.

Cargué la cucharita mecánicamente. De sólo pensar que ese suplicio iba a seguir me sentía desfallecer. Ya no tenía voluntad. Lloraba francamente, sin embozos. Por suerte estábamos solos. Al menos esa humillación papá se la ahorró. Se había callado, no se movía. Me miraba con el mismo disgusto profundo, visceral, con que yo consideraba mi helado de frutilla. Yo quería decirle algo, pero no sabía qué. ¿Que el helado no me gustaba? Ya se lo había dicho. ¿Que el sabor del helado era inmundo? También se lo había dicho, pero era algo que no valía la pena decir, que aun después de decirlo seguía en mí, incomunicable. Porque a él le gustaba, le parecía exquisito. Todo era imposible, para siempre. El llanto me dobló, me quebró. Y no podía esperar ningún consuelo. La situación era inexpresable por ambos lados. Él tampoco podía decirme cuánto me despreciaba, cuánto me odiaba. Esta vez, yo había ido demasiado lejos. Sus palabras no me alcanzarían.

2

La discusión, como dije al terminar el capítulo anterior, había llegado a su fin, si es que puede hablarse de discusión.



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