El rabo largo iba asomando desde atrás, el pelo crecía y se hacía más espeso, los cuernos se alargaban en la frente, y el que había sido un hombre se ponía en cuatro patas (ya no tenía ni manos ni pies, sino pezuñas hendidas) y balaba como un chivo, como el chivo gordo en el que se había transformado.

Gonzalo había visto transformaciones como ésa en muchas películas; con el maquillaje y los efectos especiales ahora se podía hacer cualquier cosa. Pero era algo muy distinto ver a un hombre convertirse en chivo ahí mismo, delante de uno. Un silencio grande y asombrado rodeó los balidos desesperados del animal.

De golpe un hombre del público se puso de pie. También era negro y parecía brotar de su cuerpo un inmenso poder.

– Barón Samedí, Bokor, Sacerdote del Mal, te desafío -gritó-. Este hombre no era tuyo, no tenías derecho sobre él. Yo, Hungan, Sacerdote del Bien, te desafío.

– El Mal es el Bien, el Principio es el Fin -aulló el Barón Samedí, torturando los oídos del público gracias a los amplificadores.

– Si no sueltas a ese hombre, voy a encerrar tu Buen Alma en un frasco para toda la eternidad. ¡Te voy a convertir en un Cuerpo Cadáver!

Y nadie pudo entender bien lo que siguió porque ahora los rivales ya no hablaban inglés sino créole o francés, o algún idioma del África. Con las invocaciones a los dioses y las palabras mágicas, humos y nieblas de colores llenaron el local. Como todos lo esperaban, el chivo se transformó otra vez en hombre y volvió a la mesa, tambaleándose.

El telón cayó de golpe y el espectáculo se dio por terminado. Por supuesto, nadie estaba desilusionado; aunque por los comentarios que se escuchaban en la playa de estacionamiento, muchos pensaban que el show había sido demasiado violento para los niños, sobre todo por la mala idea de matar un cerdo en el escenario.



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