
Todos serán juzgados.
Sólo el Culpable
será castigado.
El Niño Inocente no será condenado.
Con ayuda de la muchachita poseída, que ahora parecía pacífica y normal, empezó a mezclar unos polvos y líquidos en vasos transparentes.
– Ahora -dijo el Barón-, que pase el Niño Inocente.
Y antes de que sus padres alcanzaran a protestar, había arrastrado a Gonzalo al escenario. Entre fórmulas mágicas y golpear de tambores, invitó al chico a probar de una copa con un líquido verde y espeso y después otra con un líquido rojo.
Gonzalo estaba tranquilo y divertido. Lo único que no le gustaba era que lo llamaran "Niño Inocente" y ya se imaginaba las burlas de Ximena. Ojalá no se lo contase a nadie.
Probó primero del líquido verde y frunció la cara. Era feísimo, muy amargo. Después tomó del líquido rojo, que estaba rico. Y anunció al público, en su argentinísimo inglés con ondulaciones de Oxford que hizo sentir orgullosos a sus padres:
– Este verde es horrible y este rojo está dulce, parece Coca sin gas o granadina. El Barón Samedí intervino. – La Sociedad Bizango puede ser Dulce como la miel o Amarga como el dolor. Pero sólo castiga al Culpable. El Niño Inocente que vuelva a su mesa. Ahora, que pase el Culpable.
Un hombre gordo, rojizo, borracho, evidentemente norteamericano, fue empujado hacia el escenario entre las risas histéricas de las mujeres que compartían su mesa. Era una caricatura del Culpable, una vil combinación de gula, avaricia, lujuria y corrupción. Un excelente actor, por sobre todas las cosas.
Probó el líquido verde y el rojo de las mismísimas copas que Gonzalo había dejado sobre la mesita y que nadie había tocado. Pero no alcanzó a decir qué gusto tenían. Inmediatamente comenzó la transformación.
Todo sucedía al mismo tiempo, de manera que era imposible darse cuenta de qué había sido lo primero, si los pelos creciéndole por todo el cuerpo, reemplazando la ropa, o la forma en que se le alargó y estiró la cara, formando un hocico mientras los ojos se separaban.
