
Tom y Soledad habían estado jugando al picnic en el suelo de la cocina, sobre el mejor mantel blanco, el de las cenas con invitados. Habían sacado pan, queso, mostaza, ketchup y Coca de la heladera y habían usado algunas de las frutas y verduras que estaban todavía sobre la mesada. En el mantel había dos tomates y una manzana mordisqueados, unas papas sucias y manchas de mostaza.
Mamá quería estar sola y quería llorar. Pensar en lo que le estaba pasando. También quería pegarles muy fuerte a Tom y a Soledad. Pero antes tenía que sacar al bebé de ahí para que el azúcar no le provocara gases, tenía que asegurarse de que los tres estuvieran bien y barrer los restos peligrosos de la cocina. Alzó a Tom, que estaba descalzo, y lo llevó a su pieza.
– Ándate de acá, Soledad, salí que voy a barrer -dijo con voz controlada, contenida.
– Vos dijiste hagan lo que quieran.
– Soledad no te estoy retando ahora, solamente te dije que salgas.
– El estante lo tiró Tom -dijo Soledad.
– ¡Porque vos me mandaste a buscar la mermelada! -gritó Tom, que había vuelto a acercarse, todavía descalzo, a la puerta de la cocina-. ¡Sos una acusadora y una basura con ano y porquería cagada!
– ¡Basta! -gritó mamá. Y ella misma se asustó al notar la carga de furia en su grito-. Basta basta basta, no aguanto más gritos, hiciste un desastre y encima gritas gritas gritas.
Atrapó a Tom de un brazo y le dio un chirlo en la cola sabiendo que estaba siendo injusta, que Soledad había sido tan culpable como él o más. El bebé lloraba ahora y también Tom. Soledad le dio un empujón a mamá con bastante fuerza como para hacerla caer de rodillas, con las manos hacia adelante. Sintió un dolor afilado en la palma de la mano derecha.
