– ¡No le vas a pegar a mi hermanito!

– ¡Mamá es un dedo en la nariz! -gritó Tom.

Mamá había caído sobre un vidrio roto. Se miró la mano lastimada. El tajo era profundo y sangraba.

– Mamá, ¿por qué la sangre es colorada? -preguntó Tom.

– Mira lo que le hiciste a mamá, Soledad -dijo mamá, mostrándole la herida.

Pero después vio la carita asustada, los ojos grandes de Soledad, y pensó que había sido cruel. Una buena madre, una madre que realmente quiere a sus hijos, no los carga de innecesaria culpa.

– No es nada, linda, no te asustes, ya sé que fue sin querer, ahora me pongo agua oxigenada y una curita y ya está -agradecía casi el dolor físico que le permitía evitar las sonrisas, hasta llorar un poco. Levantó la mano por encima del corazón para parar la sangre.

– Mamá, ¿por qué la sangre es colorada? -preguntó Tom.

– Porque sí -dijo mamá distraída, apretándose la mano con un repasador. Tenía que barrer y sacar al bebé. ¿Qué primero? Organizarse.

– Soledad, haceme un favor, levanta un minutito al bebé mientras yo me voy a poner una venda.

– Pero yo también quiero ver cómo te curas.

– Sí, levántalo al bebé y vení con él al baño y ves todo.

– Mamá, ¿por qué la sangre es colorada?, porque sí no me digas -dijo Tom.

– No quiero levantar al bebé porque está sin pañales -dijo Soledad-. Me va a cagar y mear toda.

– ¡Soledad cagada y meada! -gritó gloriosamente Tom.

Mamá terminó de atarse torpemente el repasador con ayuda de los dientes. Necesitaba estar un momento, nada más que un momento, sola. Y en silencio. Pensar en la voz lejana, con ecos. Y llorar. Levantó al bebé y mientras lo sostenía con el brazo izquierdo usó la mano herida para inclinar la cunita y tratar de sacudir el grueso del azúcar. Acostó al bebé y empezó a barrer los restos de vidrios y loza. La tarea hizo que se aflojara el repasador mal anudado y la mano herida volvió a sangrar. Dolía mucho. Juntó lo que pudo con la pala. Levantó al bebé y lo llevó a la pieza para ponerle un pañal limpio. En el camino, el bebé regurgitó una bocanada de leche semidigerida sobre su ropa.



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