
– Buenos días, nena.
– Buenos días, Alex.
– ¿Te marchas?
Asintió con la cabeza.
– ¿Qué prisa tienes?
– Muchas cosas que hacer.
– ¿En domingo?
– Domingo, lunes, poco importa. -Colocó la mano en el tirador de la puerta-. He hecho zumo… hay una jarra en la nevera.
Fui hasta ella, puse mi mano en su muñeca.
– Quédate un poco más.
Ella se soltó.
– De veras que tengo que irme.
– Vamos, date un respiro.
– No necesito un respiro, Alex.
– Al menos quédate un rato y hablemos.
– ¿De qué?
– De nosotros.
– No hay nada de que hablar.
Su apatía era forzada, pero de todos modos aquello colmó el vaso. Y muchos meses de frustración fueron comprimidos en unos pocos momentos de incendiario soliloquio:
Ella era una egoísta. Estaba obsesionada en sí misma. ¿Cómo se creía que se sentía uno, al tener que vivir como un ermitaño? ¿Qué había hecho yo para merecer un tal trato?
Luego siguió una lista muy completa de todas mis virtudes, de cada servicio que, desprendidamente, yo había llevado a cabo por ella, desde el día en que nos habíamos conocido.
Cuando hube terminado, ella dejó el bolso y se sentó en el sofá.
– Tienes razón. Necesitamos hablar.
Se puso a mirar por la ventana.
Le dije:
– Te estoy escuchando.
– Estoy tratando de ordenar mis pensamientos. Tu trabajo son las palabras, Alex. No puedo competir contigo en ese campo.
– Nadie necesita competir con nadie. Simplemente, háblame: dime lo que tienes en mente.
Ella agitó la cabeza.
– No sé cómo decir esto sin resultar dañina.
– No te preocupes por eso. Limítate a soltar lo que llevas dentro.
– Lo que usted diga, Señor Doctor. -Y luego-: Lo siento, es que me resulta muy difícil.
