
A ella le resbalaron mis preocupaciones, recordó súbitamente algo que se había olvidado en el estudio y, antes de que pudiera darme cuenta, había desaparecido. Tras esto, aún la vi menos. Las llamadas a Venice sólo servían para poner en marcha su contestador. Las visitas sin previo aviso eran enloquecedoramente insatisfactorias: habitualmente estaba rodeada por músicos de ojos tristones, abrazados a maltrechos instrumentos y cantando un tipo de blues u otro. Cuando la atrapaba a solas, usaba el rugido de las sierras eléctricas y los tornos, o el siseo de su pistola de pintar, para ahogar toda discusión.
Yo rechinaba de dientes, me echaba atrás, me decía a mí mismo que fuese paciente. Y me adapté creándome yo mismo una pesada carga de trabajo. Durante toda la primavera me dediqué a las evaluaciones, a escribir informes y a testificar, como un poseso. Comía con abogados, me quedaba atrapado en embotellamientos del tráfico. Ganaba montones de dinero y no tenía a nadie en quien gastarlo.
A medida que se fue acercando el verano, Robin y yo nos habíamos convertido en educados desconocidos. Aquello tenía que estallar por alguna parte. Y, a principios de mayo, sucedió.
Fue en una mañana de domingo, rica en esperanzas. Ella había venido a casa, a última hora de la tarde del sábado, para recoger algunos bocetos, y había acabado pasando la noche conmigo, haciéndome el amor con una determinación de llevar a cabo un trabajo bien hecho que me aterraba, pero que me parecía mejor que nada.
Cuando me desperté, tendí el brazo al otro lado de la cama, para tocarla, y palpé únicamente el percal. Se filtraban sonidos desde la sala de estar. Salté de la cama y la encontré vestida, con el bolso colgando del hombro, dirigiéndose a la puerta de la calle.
