
– Bruum, bruum. ¡Uto!
De un poco más de dos años, grandote y robusto para su edad, con ese tipo de coordinación fluida que predecía un héroe atlético. Cabellos rubios, facciones regordetas, ojos color uva pasa, que me hacían pensar en los muñecos de nieve, un puñado de pecas ámbar sobre la nariz y unos gruesos carrillos.
Un niño a lo Norman Rockwell: la clase de hijo del que estaría orgulloso cualquier padre con sangre estadounidense en las venas.
Claro que la sangre de su padre sólo era ya una mancha color óxido, en la raya de separación central, en algún punto a lo largo de la autopista de Ventura.
– ¡Bruum, Uto!
En seis sesiones, esto era lo más cerca a hablar a lo que había llegado… Me interrogué al respecto, me interrogué acerca de una cierta vidriosidad que había en sus ojos.
La segunda colisión fue súbita y más estrepitosa. Su concentración era intensa. Pronto pasaría a coger los muñecos.
Desde su silla en el rincón, la madre alzó la vista. Durante los últimos diez minutos había estado leyendo la misma página de un libro de bolsillo titulado: ¡Al éxito por la fuerza de voluntad! Cualquier pretensión de despreocupación era totalmente desmentida por su lenguaje corporal: estaba sentada muy tiesa al borde de la silla; se rascaba la cabeza, tiraba de su largo cabello oscuro como si fuese lana que se carda, o bien lo iba enroscando y desenroscando con sus dedos. Uno de sus pies marcaba un ininterrumpido ritmo de cuatro por cuatro, mandando oleadas de tensión que subían hacia arriba, por una pierna pálida, sin media, hasta desaparecer bajo el borde de su vestido estival.
La tercera colisión la sobresaltó. Bajó el libro y me miró, parpadeando con fuerza. Era casi hermosa, de ese tipo de mujeres que florece justo al final del bachillerato, y luego se marchita con rapidez. Le sonreí. Ella bajó la vista con gesto brusco, y la hundió en el libro.
– ¡Uto! -gruñó el niño, tomando un auto en cada mano y golpeándolos uno con otro como si fueran unos platillos, y soltándolos al impacto. Se deslizaron sobre la moqueta, en direcciones distintas. Respirando trabajosamente, el crío los siguió con andar tambaleante.
