
– ¡Uto! -los cogió y los tiró de nuevo con fuerza-. ¡Bruum! ¡Uto!
Repitió esta rutina varias veces, luego, bruscamente, lanzó los coches a un lado y empezó a inspeccionar la habitación con miradas hambrientas y furtivas. Buscando los muñecos, a pesar de que yo siempre los dejaba en el mismo lugar.
¿Un problema de memoria, o un simple rechazo a recordar? Con estas edades, lo único que uno podía hacer era suponer.
Que era justamente lo que yo le había dicho a Mal Worthy, cuando éste me había descrito el caso y pedido que lo atendiese.
– No vas a conseguir pruebas concluyentes.
– Ni siquiera lo voy a intentar, Alex. Sólo te pido que me des algo con lo que pueda trabajar.
– ¿Y qué hay de la madre?
– Como cabría esperar, un desastre.
– ¿Quién está trabajando con ella?
– Nadie por el momento, Alex. Traté de conseguir que fuera a ver a alguien, pero se negó. De modo que, si mientras haces tu trabajo con Darren se te escapa algo de terapia hacia Mamá, no seré yo quien presente objeciones. ¡Dios sabe que la necesita… Mira que pasarle algo así a una persona de su edad!
– Pero dime, para empezar, ¿cómo te viste metido en un caso de lesiones?
– Es un caso típico de segundo matrimonio. El padre trabajaba para mí, como hombre para todo. Yo me ocupé de su divorcio como un favor. Ella era la otra mujer, y me recordaba con cariño. En realidad, me ocupaba de muchos casos como éstos cuando empecé. Me siento bien al volver a ello. Pero dime, ¿cómo te sientes al trabajar con un niño tan pequeño?
– Los he tenido más pequeños. ¿Cómo se expresa?
– Si habla, yo no lo he oído. Ella afirma que, antes del accidente, estaba empezando a juntar algunas palabras, pero no me da la impresión de que sus padres ya hubiesen empezado a ahorrar para pagarle los estudios en la Cal Tech. Si pudieses probar que ha sufrido una pérdida en el Cociente de Inteligencia, yo podría convertir eso en dólares, Alex.
