
Estaba leyendo una anécdota:
– He comprado una rana -dijo el profesor de zoología rebosante de alegría a su clase-, recién sacada de la charca, para que podamos estudiar su apariencia externa y luego diseccionarla.
Desenvolvió cuidadosamente el paquete que llevaba y dentro había un sándwich. El buen profesor lo miró asombrado.
– ¡Qué extraño! -dijo-, recuerdo perfectamente haberme tomado el almuerzo.
Esto les sucede constantemente a los científicos. Se centran en algo, y su mente se estrecha. Por supuesto, una mente estrecha tiene su utilidad: se vuelve más penetrante, es como una afilada aguja que da justo en la diana, pero se pierde la gran vida que la rodea.
Un buda no es un hombre de concentración, sino un hombre de conocimiento. No ha intentado estrechar su conciencia, al contrario, ha intentado eliminar todas las barreras para estar totalmente abierto a la existencia. Observa… la existencia es simul-tánea. Estoy hablando aquí y a la vez está sonando el ruido del tráfico, el tren, los pájaros, el viento que sopla en los árboles, y en este momento converge toda la existencia. Tú me escuchas, yo te hablo, y a la vez están sucediendo millones de cosas; la existencia es inmensamente rica.
La concentración te centra en una cosa pero pagas un precio muy alto: se descarta el noventa y nueve por ciento restante de la vida. Cuando estás resolviendo un problema de matemáticas no puedes escuchar a los pájaros porque se convertirían en una distracción. Los niños que juegan alrededor y los perros que ladran en la calle son una distracción.
