– Voy a por mi pistola.

Su mujer corrió tras él a pesar de estar desnuda, le sujetó y gritó:

– Necio, ¿por qué te alteras tanto? Mi amante es quien ha pagado los muebles nuevos y mi ropa nueva. El dinero extra que te dije que había ganado con la costura, todos los pequeños lujos que he podido comprar, ¡todo eso se lo debemos a él!

Pero Luis se soltó de su mujer y siguió subiendo.

– ¡Deja la pistola, Luis! -gritó su mujer.

– ¿Qué pistola? -replicó Luis-. Voy a por una manta. Ese pobre se va a resfriar como siga ahí tumbado desnudo.

Aunque sientas compasión -o creas que la sientes, o finjas que la sientes- tendrás que profundizar y analizarla y siempre encontrarás algún motivo. No es pura compasión. Y si no es pura, no es compasión. La pureza es un ingrediente básico en la compasión, si no, se tratará de otra cosa, será algún tipo de formalismo. Hemos aprendido a ser formales: cómo comportarte con tu mujer, con tu marido, con tus hijos, con tus amigos, con tu familia. Lo hemos aprendido todo. La compasión no es algo que se pueda aprender. Cuando hayas desaprendido todos los formalismos, la etiqueta y las buenas costumbres, nacerá en ti la compasión. La compasión es salvaje; no huele a etiqueta ni a formalismo. Comparadas con ella, todas esas cosas están muertas. Está muy viva y es una llama de amor.

En el duodécimo agujero de una competición de golf muy reñida, los campos daban a la autopista, y mientras los señores Martín y Blanco se aproximaban al campo, vieron cómo avanzaba por la carretera la procesión de un funeral.

En esto, Martín se detuvo, se quitó el sombrero, lo puso sobre su corazón e inclinó la cabeza hasta que la procesión hubo desaparecido tras la curva.

Blanco estaba asombrado y cuando Martín volvió a ponerse el sombrero le dijo:

– Eso ha sido muy respetuoso y delicado por tu parte, Martín.



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