
– Bueno -dijo Martín-, no podía hacer menos. Al fin y al cabo, he estado casado con esa mujer durante veinte años.
La vida se ha vuelto artificial y formal, porque tienes que hacer determinadas cosas. Por supuesto, realizas tus tareas con desgana por eso es normal que te pierdas gran parte de la vida, porque la vida solo es posible cuando estás vivo, intensamente vivo. Si tu llama ha sido cubierta con formalismos, tareas y reglas que tienes que satisfacer con desgana, solo puedes ir arrastrándote. Podrás arrastrarte cómodamente, tu vida puede ser una vida llena de comodidades, pero no estará realmente viva.
Una vida realmente viva es, en algún sentido, caótica. Digo en algún sentido porque ese caos tiene su propia disciplina. No tiene reglas porque no las necesita. Intrínsecamente posee la regla más básica y no necesita reglas externas.
Ahora un cuento zen:
Un día de invierno, un samurai llegó al templo de Eisai y suplicó:
– Soy pobre y estoy enfermo -dijo-, y mi familia se está muriendo de hambre. Por favor, maestro, ayúdanos.
La vida de Eisai era muy austera ya que dependía de la limosna de las viudas, y no tenía nada para darle. Estaba a punto de despedir al samurai cuando recordó que en la sala había una imagen de Yakushi-Buda. Subiéndose a la imagen, le arrancó la corona y se la dio al samurai.
– Véndela -dijo Eisai-. Te servirá para salir del apuro.
Perplejo, el desesperado samurai la cogió y se marchó.
– ¡Maestro! -exclamó uno de los discípulos de Eisai-. ¡Eso es un sacrilegio! ¿Cómo has podido hacer algo así?
– ¿Sacrilegio? ¡Bah! Por así decirlo, solamente le he dado una utilidad a la mente de Buda que está llena de amor y misericordia. Él mismo se habría cortado una extremidad si hubiese oído a ese pobre samurái.
Es una historia muy sencilla pero muy significativa. En primer lugar, incluso cuando no tengas nada para dar, vuelve a mirar. Siempre podrás encontrar algo. Incluso cuando no tienes nada para dar, siempre puedes encontrar algo. Es una cuestión de actitud. Si no puedes dar nada, al menos puedes sonreír; si no puedes dar nada, al menos puedes sentarte con la persona y cogerle la mano. No es cuestión de dar algo sino cuestión de dar.
