Yo me quedé mirándolo desde mi asiento, de abajo a arriba. Era cierto. Durante muchos años, buena parte del dinero que había ganado había sido en negro. Después, cuando cambiaron tantas cosas en mi vida, empecé a avergonzarme de semejante conducta. No se trataba de una reflexión lúcida acerca del tema. Simplemente me avergonzaba defraudar a Hacienda y entonces -casi siempre y conforme a una valoración personal de lo justo que era pagar al erario público para cumplir con mi deber- extendía minutas y pagaba un montón de dinero en concepto de impuestos. Era uno de los cuatro o cinco abogados más ricos de Bari. Según la declaración de la renta.

Pero estas cosas no se las podía contar al señor Filippo Abbrescia, llamado Pupuccio el Negro. No lo habría comprendido; es más, habría pensado que estaba un poco mal de la cabeza y habría cambiado de abogado. Cosa que yo no quería. Era un buen cliente y, en resumidas cuentas, un hombre de bien que pagaba con puntualidad. Algunas veces incluso con dinero que no procedía de un delito.

– La Policía Fiscal, Pupuccio, la Policía Fiscal. En estos momentos los abogados la tenemos encima. Tenemos que andarnos con cuidado. Montan guardia cerca de los despachos, ven cuándo baja un cliente y después comprueban si tiene la minuta. Si no la tiene, entran en el despacho y efectúan la comprobación. Y entonces se acaba el trabajo. Yo prefiero no correr el riesgo.

Pupuccio pareció aliviado. Yo era un poco gallina, pero, en el fondo, pagaba los impuestos para evitar males peores. Él no lo habría hecho, pero podía comprenderlo.

Esbozó una especie de saludo militar, acercando la mano a una imaginaria visera. Adiós, abogado; adiós, Pupuccio.

Después dio media vuelta y se fue.

Cuando hubo transcurrido por lo menos un minuto y estuve seguro de que ya había abandonado el despacho, me puse a hablar solo en voz alta.

– Soy un gilipollas. De acuerdo, soy un gilipollas. ¿Hay alguna ley que lo prohíba? ¿No? Pues entonces me comportaré como un gilipollas todo lo que me dé la gana.



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