
– ¿Dos años y medio? ¿Y vale la pena llegar a un acuerdo, abogado? Ya casi da lo mismo ir a juicio.
– Sí, claro, lo podríamos intentar -dije en tono pausado y ecuánime-. Pero si se confirman los cuatro años, vuelves al trullo. Eso lo tienes que saber.
Pausa profesional. Después añadí:
– Por debajo de tres años, está la libertad bajo custodia prestando servicios sociales a la comunidad. Tú verás.
Pausa del cliente ahora.
– Vale, abogado, pero procure que sean menos de dos años y medio. Cualquiera diría que he matado a alguien. Dos o tres estafas habré cometido.
Yo pensé que, en resumidas cuentas, habría cometido por lo menos doscientas estafas, aunque los carabineros sólo hubieran descubierto unas quince; también había formado parte de aquella asociación para delinquir que precisamente se encargaba de cometer estafas a escala industrial; y tenía unos bonitos antecedentes penales, llenos de eso que se llama antecedentes especiales. No me parecía oportuno entrar en detalles al respecto con el señor Filippo Abbrescia.
– Muy bien, Pupuccio. Tú me firmas ahora el poder y mañana no vayas a la Audiencia.
De esta manera, no me veré obligado a montar numeritos y nos arreglaremos en un momento con el sustituto del fiscal general, pensé.
– Vale, abogado, pero por lo que más quiera, procuremos que sea lo mínimo.
– No te preocupes, Pupuccio. Y después ven a mi despacho y te digo cómo ha acabado. Y, cuando salgas, que mi secretaria te dé la minuta.
Ya se había levantado, pero aún se encontraba delante del escritorio.
– ¿Abogado?
– Dime.
– Abogado, pero, ¿por qué hace la minuta? Después tendrá que pagar impuestos sobre ese dinero. ¿Vale la pena? Recuerdo que cuando venía a verle al principio, usted no hacía minutas.
