
El encargo me lo habían confiado los padres de una niña que había caído en la trampa de un pedófilo. Éste se había acercado a la puerta de una escuela, había llamado a la niña y ella lo había seguido. Ambos habían entrado juntos en el portal de un viejo edificio. Una bedela que había presenciado la escena también entró en el portal. El cerdo estaba restregando la pata sobre el rostro de la niña, que mantenía los ojos cerrados y no decía nada.
La bedela gritó. El cerdo se largó, levantándose el cuello de la chaqueta. Un recurso habitual pero eficaz, pues la bedela no consiguió verle bien la cara.
Cuando la niña habló, con la ayuda de una experta psicóloga, se descubrió que no había sido la primera vez. Y ni siquiera la segunda o la tercera.
Los agentes de la policía hicieron bien su trabajo, identificaron al maníaco y lo fotografiaron a escondidas. Delante de la oficina municipal donde trabajaba como un funcionario modelo. La niña lo reconoció. Señalando la fotografía con el dedo mientras le castañeteaban los dientes y apartando finalmente la mirada.
Cuando fueron a detenerlo, los agentes encontraron una colección de fotografías. De pesadilla.
Las mismas que yo había visto aquella mañana en el expediente.
Tenía ganas de romperle la cara a alguien. Al cerdo, a ser posible. O a su abogado. Había escrito que «las declaraciones de la niña ofrecen una evidente falta de credibilidad, fruto de las fantasías morbosas típicas de ciertos sujetos en edad preadolescente». Le habría partido la cara. También se la habría partido a los jueces que presidieron el recurso de solicitud de la condicional y que habían dejado al preso bajo arresto domiciliario. En aquella resolución se leía que «para evitar el riesgo de reiteración de conductas innegablemente graves como las contempladas en el expediente era suficiente una restricción de la libertad personal en la forma atenuada del arresto domiciliario».
